Mostrando entradas con la etiqueta Uzawa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Uzawa. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de diciembre de 2022

Javier Jiménez. La culpa… la tuvo Luis

 Todo Javier Jiménez

Antes

Tenía dieciocho años y andaba perdido, entre Teleco y el autostop para “conocer mundo”, de Algeciras a Estambul, como decía Serrat en su “Mediterráneo”.

Era verano en Cantabria y dentro del grupo de amigos estaba Luis Solar, de Noja, de las primeras promociones de INEF (fue después director del INEF del País Vasco) pertenecía al grupo de amigos de Elisa, mi amiga, mi novia, mi compañera desde los quince años. Me quedé boquiabierto cuando Luis me explicó lo que estudiaba en Madrid, algo parecido a Medicina Deportiva quise entender: movimiento, juego, deporte, entrenamiento, expresión corporal, Anatomía, Fisiología, Biomecánica. Aquello era diferente a la Física, Química, Matemáticas y Electrónica con las que no podía después de dos años intentándolo, sin resultados positivos, y me lo planteé… empecé a entrenar.

Podría haber sido de la sexta… o no. Estuve doce horas en Vargas (septiembre de 1972), haciendo autostop, esperando a que algún alma caritativa me llevara a Madrid para hacer el examen de ingreso, pero no apareció. No había dinero para un tren o autobús y perdí un curso académico, o lo gané, nunca lo sabré, aquel día la pelota no cayó en el lado bueno, que diría Fernando París.

Esa anécdota me permitió entrenar las pruebas de acceso durante un año, iba al propio INEF y trabajaba seriamente con Landa y Cabrera, dos buenos entrenadores de la época y en verano Santoña, Faro del Caballo, carrera por el monte y los 700 escalones de bajada y… de subida, los hacía corriendo y cronometraba el tiempo. Después abdominales, coordinación, natación, salto, balón medicinal.

lunes, 17 de octubre de 2022

Antonio Sogorb. Lucha, y vive todo lo que puedas

 De rico a pobre en apenas unas horas

Aprender, conocer, amar, gozar, sufrir, trabajar, estudiar…, en resumen, vivir. En esto consistieron los seis años que pasé en Madrid desde mi ingreso en el INEF en 1973, hasta mi regreso a Alicante en 1979.


En ese transito tuve las vivencias (no siempre alegres) que atesoro. Son momentos únicos e irrepetibles, por las propias situaciones y, por supuesto, por la juventud y la poca experiencia de la edad.

Dónde viví y con quien

En septiembre de 1973, recalé en “La Resi”, de la calle El Greco, donde me instalé compartiendo habitación con Fernando Lopez-Ipiña Mattern y no fue solo habitación lo que compartimos, también noches en vela por sus continuas celebraciones de Rugby o por tener que estudiar, o ponerle petardos a la ventana de Beorlegui, o cualquier otra diablura que se nos ocurriese. En vez de moverme en el “46” hasta Moncloa y en el Metro a partir de allí, Ipiña me prestaba un raro ciclomotor amarillos que me permitió conocer Madrid. Al año siguiente seguí en la Residencia, pero con un compañero de la octava promoción, J.M Zambrana, hasta mi expulsión. Repetir segundo me hizo perder la beca y poner los petardos abandonar definitivamente la residencia.

De allí pase, junto con tres excompañeros de colegio de Alicante que hacían Aeronáuticos, ICAI y Navales respectivamente, a la calle Isaac Peral número 2 frente al Ministerio del Aire en Moncloa. Un piso de estudiantes regido por una bruja, la Sra. Lola, su indiferente esposo y sus dos hijas casaderas y bastante ligeras de cascos. Una etapa para olvidar por lo antipática, lo mal que cocinaba y lo poco que nos daba de comer. Solo duré allí un año y al siguiente me mudé, con dos de mis colegas alicantinos, a la calle Vallehermoso dieciséis, a otro piso de similares características, pero con una dulzura de señora aragonesa, de Bujaraloz, que cocinaba como los ángeles y nos trataba como a sobrinos. La cercanía de la ubicación al estadio Vallehermoso, a la discoteca Cerebro de Magallanes y a los patios de Aurrerá sumaba muchos puntos a favor, y estuve allí otros dos años.

Al acabar esa etapa inicié una nueva experiencia y alquilé un piso junto a José Luis Herrera, también de la octava promoción, con el apoyo económico de su hermano mayor y las continuas visitas de Benja Hernández Martín. Ese lugar estaba por la Vaguada y me obligaba a depender de una moto que compré a plazos y pagaba vendiendo sangre cada mes en el Instituto Nacional de Hematología, por mil pesetas. y un bocadillo. Me mantuve en ese piso un par de años. Iban por allí algunos compañeros, Jose A. Edo y compañeras en fiestas varias… pero eso ya es otro tema.