El
componente ideológico del deporte.
Personalmente
me causó una honda impresión la reacción de los medios de comunicación y
creadores de opinión cuando, a finales de los años ochenta, el deporte nacional
se convulsionó por la muerte de Fernando Martín, un jugador de baloncesto que
se incorporó a la M30 de Madrid a gran velocidad en un coche potentísimo
perdiendo el control del vehículo, saltando la mediana e hiriendo de gravedad
al conductor de un coche que circulaba en sentido contrario. Todo el mundo
lloró la muerte del jugador y bien pocos señalaron críticamente cómo se produjo
el accidente y bien pocos se acordaron de la otra víctima del accidente. Me
causó una honda impresión y me marcó muchísimo. He tardado treinta años en
compartirlo.
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| Artículo en El Viejo Topo ¿años 70? |
¡El deporte no
tiene ideología!, dijo con convicción el concejal de Izquierda Unida en un acto
electoral con los partidos más representativos. ¡El deporte no tiene
ideología!, suscribió con rotundidad el concejal del PSOE presente en la mesa.
El auditorio por su parte daba muestras de compartir las declaraciones de los
conferenciantes moviendo afirmativamente la cabeza de forma casi unánime.
En efecto, que
el balón haya pasado o no la línea de gol, no tiene ideología, tampoco la tiene
que el cronómetro se pare unas décimas de segundos antes o después, o que la
cinta métrica marque 6,20 o 6,22, pero, cuando los niños y las niñas ven
repetidamente el rostro sonriente de un deportista de élite con una camiseta
marcada con el logotipo bien visible de una firma que confecciona sus productos
en talleres insanos e inseguros en el sudeste asiático en los que trabajan
hacinados centenares de trabajadores y trabajadoras sin derechos laborales y
con retribuciones míseras, ahí sí aparece ya la ideología.

También hay
ideología, mucha ideología, cuando mientras en el campito de mi barrio juegan
un partido de solteros contra casados esperando comerse después un buen plato
de arroz, a varios miles de kilómetros de allí, en un emirato árabe reconocido
por su falta de respeto a los derechos humanos, cuando no por sus prácticas
genocidas, los equipos finalistas de una competición celtibérica juegan la
final de alguno de los campeonatos nacionales. Hay ideología cuando en las
gradas de un terreno de juego cualquiera, los padres de los equipos
contendientes la emprenden a tortazos entre ellos, o cuando tuve que parar un
partido de voleibol femenino de categoría alevín para pedir a la árbitra que
impidiera que una de las entrenadoras tratara con gritos, con insultos y de
forma despectiva… ¡a las jugadoras de su propio equipo! Y estoy seguro que
todos hemos visto más de una vez a un padre, desde la banda, gritar
violentamente a su propio hijo por haber cometido un error. Y qué decir de
las competiciones planetarias en las que un grupo de conductores muy, muy bien
alimentados cruzan el desierto subidos en sus potentes bólidos dejando a su
paso multitud de desperdicios que los nativos se afanan en recoger una vez que
el circo mediático ha pasado de largo y ya no hay cámaras para retransmitir al
mundo sus desvelos.
Hay mucha,
mucha, mucha ideología en el deporte, pero no se expresa de forma explícita, es
totalmente subliminal, por lo que hace más daño. En la mano de nosotros y de nosotras,
profesionales y vocacionales de la Educación Física está intervenir para
desenmascarar todo este montaje y ofrecer otra perspectiva que permita que las
personas con las que nos relacionamos puedan observar este fenómeno con otra
mirada, crítica, personal, madura, constructiva.
Tenemos que
evitar -o al menos intentarlo- que se presente el deporte a nuestros niños,
niñas y jóvenes, todavía en proceso de formación en valores, referentes éticos
muy pobres. Cuando eso es la norma puede acabar haciendo un daño irreparable.