De rico a
pobre en apenas unas horas
Aprender,
conocer, amar, gozar, sufrir, trabajar, estudiar…, en resumen, vivir. En esto
consistieron los seis años que pasé en Madrid desde mi ingreso en el INEF en
1973, hasta mi regreso a Alicante en 1979.
En ese transito
tuve las vivencias (no siempre alegres) que atesoro. Son momentos únicos e
irrepetibles, por las propias situaciones y, por supuesto, por la juventud y la
poca experiencia de la edad.
Dónde viví
y con quien
En septiembre de 1973, recalé en “La
Resi”, de la calle El Greco, donde me instalé compartiendo habitación con
Fernando Lopez-Ipiña Mattern y no fue solo habitación lo que compartimos, también
noches en vela por sus continuas celebraciones de Rugby o por tener que estudiar,
o ponerle petardos a la ventana de Beorlegui, o cualquier otra diablura que se
nos ocurriese. En vez de moverme en el “46” hasta Moncloa y en el Metro a
partir de allí, Ipiña me prestaba un raro ciclomotor amarillos que me permitió conocer
Madrid. Al año siguiente seguí en la Residencia, pero con un compañero
de la octava promoción, J.M Zambrana, hasta mi expulsión. Repetir segundo me
hizo perder la beca y poner los petardos abandonar definitivamente la
residencia.
De allí pase, junto con tres excompañeros
de colegio de Alicante que hacían Aeronáuticos, ICAI y Navales respectivamente,
a la calle Isaac Peral número 2 frente al Ministerio del Aire en Moncloa. Un piso
de estudiantes regido por una bruja, la Sra. Lola, su indiferente esposo y sus
dos hijas casaderas y bastante ligeras de cascos. Una etapa para olvidar por lo
antipática, lo mal que cocinaba y lo poco que nos daba de comer. Solo duré allí
un año y al siguiente me mudé, con dos de mis colegas alicantinos, a la calle
Vallehermoso dieciséis, a otro piso de similares características, pero con una
dulzura de señora aragonesa, de Bujaraloz, que cocinaba como los ángeles y nos
trataba como a sobrinos. La cercanía de la ubicación al estadio Vallehermoso, a
la discoteca Cerebro de Magallanes y a los patios de Aurrerá sumaba muchos
puntos a favor, y estuve allí otros dos años.

Al acabar esa etapa inicié una nueva
experiencia y alquilé un piso junto a José Luis Herrera, también de la octava
promoción, con el apoyo económico de su hermano mayor y las continuas visitas
de Benja Hernández Martín. Ese lugar estaba por la Vaguada y me obligaba a
depender de una moto que compré a plazos y pagaba vendiendo sangre cada mes en
el Instituto Nacional de Hematología, por mil pesetas. y un bocadillo. Me
mantuve en ese piso un par de años. Iban por allí algunos compañeros, Jose A.
Edo y compañeras en fiestas varias… pero eso ya es otro tema.